jueves, 14 de septiembre de 2017

La tentación del cansancio

¡Qué cómodo sería dejarse llevar! Esa sensación en extremos agradable  y relajante que se tiene cuando nos tumbamos a placer sobre las aguas del mar o de una piscina y permitimos que el movimiento del agua nos lleve de un lado a otro, sin oponer resistencia, como dormidos... como muertos.

Muchas veces hemos sentido la tentación del cansancio en medio de la resistencia cultural que nos ha correspondido vivir en los tiempos que corren (o que corroen, ya no se sabe).  Ganas de abandonar las trincheras y unirnos jubilosos a las caravanas 'divinizadas' de hombres y mujeres 'democráticos' que parecen disfrutar tanto de los frutos del 'progreso indefinido' prometido por sus abuelos revolucionarios. En verdad que vistos desde lejos parecen vivir en un éxtasis continuo provocado por el gozo de su 'libertad' plena, 'omnipotente', 'divina'.

Se ve a diario en las noticias, en las calles, en las escuelas, en las universidades, en los parlamentos, por todos lados; brilla espléndido el triunfo del hombre que se ha hecho consciente de su 'poderío', de su 'madurez' racional. Sus discursos altivos lo revelan, su desprecio hacia Dios le garantiza (eso cree) su 'status' de divinidad. La persecución contra los creyentes que aún quedan le confirma lo ilimitado de su dominio. Las leyes que a diario aprueba le dicen claramente que él es el 'rey'.

Ya no hay dioses en el cielo, ni cielo siquiera. Se ha establecido el paraíso en la tierra y si aún no tiene la apariencia de tal es solo cuestión de tiempo, algunos detalles acabarán por ubicarse en su puesto correcto de forma inevitable. Así lo establece la 'ley' del progreso indefinido. Y de paso ahí está EEUU como garante de que así será.   

En medio de tal euforia triunfal del hombre 'divino', ¿qué sentido tiene continuar batallando contra lo que al parecer es ya inevitable? ¿Para qué seguir oponiendo resistencia a un movimiento imparable, irresistible? ¿Sirve de algo?

Esta pregunta debe hacérsela de manera personal cada uno de nosotros. De su respuesta depende el sentido que demos a este empeño.

De parte nuestra la respuesta es clara, ¿que si sirve de algo? ¡Sí! Sirve de testimonio, y hay épocas donde el valor de un testimonio es inestimable. Fácil sería unirse a los aparentemente vencedores (y digo aparentemente porque siendo Dios el señor del tiempo y de la historia, en últimas toda victoria le pertenece), pero nadie ha dicho que lo fácil sea siempre lo correcto. Más bien sucede al contrario, lo correcto suele costar, su conquista suele ser sufrida, alcanzarlo viene acompañado casi siempre de golpes, caídas y derrotas... aparentes.

Y no es solo gusto por llevar la contraria, como adolescentes. No. Es más bien una pasión por la verdad, que no es otra cosa que la realidad en cuanto alcanzada por el intelecto humano o recibida por divina revelación. En ambos casos la consecuencia es la misma: necesidad imperiosa de ser fiel. Y no es una necesidad impuesta, externa, superficial. Es más bien un vínculo fuerte con nuestro más íntimo núcleo personal, un llamado que nos define y nos condiciona. Es verdaderamente una condición existencial que hemos asumido.

¿Tentación de cansancio? ¡Sí! Y pedimos a Dios a diario nos libre de ella o nos de fuerza para resistirla. Dios es fiel y escucha nuestra oración.

Las generaciones venideras seguramente agradecerán a quienes hoy resistimos y custodiamos un bien que gracias a ello les pudo ser transmitido fielmente. En sus rostros plenos de gratitud alcanzamos a ver desde aquí la justificación de nuestra batalla. En sus rostros y en la sonrisa de Dios.


Leonardo Rodríguez


martes, 12 de septiembre de 2017

Las cuatro notas de la verdadera iglesia de Cristo, la Iglesia católica.

¿Cómo mostrar fácilmente que la iglesia católica es la única y verdadera iglesia de Cristo? En realidad no es fácil, pues requiere de un cierto estudio de los temas de la apologética. Pero tampoco es tarea imposible. Por ejemplo, uno de los modos tradicionales para hablar de este tema con los miembros de las sectas protestantes es la enumeración y explicación de las cuatro (4) notas o características esenciales que debe tener la iglesia de Cristo. Para luego mostrar cómo esas cuatro notas solo la iglesia católica las tiene.

¿Cuáles son esas notas? Son las siguientes: la iglesia que sea la verdadera iglesia de Cristo debe ser UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA.


UNA:

Evidentemente la iglesia de Cristo debe ser una sola, puesto que si fueran dos o tres enseñarían cosas distintas y contradictorias. Y de esa forma alguna estaría equivocada puesto que dos cosas contrarias no pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Además debe ser UNA en el sentido de tener UNIDAD, sus miembros deben profesar todos la misma doctrina, obedecer a las mismas autoridades, estar unidos en el modo de orar y en la forma de rendir culto.

En efecto no podría ser verdaderamente UNA si sus miembros creyeran cosas distintas los unos de los otros, o hubieran muchas autoridades o modos de oración y de culto distinto.


SANTA:

La verdadera iglesia de Cristo debe ser santa porque está llamada a santificar a los hombres. Lo cual no significa que todos sus miembros deban ser santos efectivamente, puesto que los hombres son libres y no todos guardan la fidelidad a sus compromisos. Pero sí es cierto que la iglesia debe ser capaz en todos momento de santificar a los hombres y de dar ejemplos reales y concretos de santidad entre sus miembros.


CATÓLICA:

En griego la palabra universal se dice "católica", y la verdadera iglesia de Cristo debe ser universal puesto que está llamada a llevar el mensaje de Cristo a los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares. No es posible que sea  iglesia de Cristo una agrupación que está limitada a un país o a alguna época específica.


APOSTÓLICA:

La verdadera iglesia de Cristo debe ser apostólica, es decir, debe descender directamente de los apóstoles, que fueron las columnas sobre las cuales Cristo instituyó su iglesia. Una iglesia que no tenga vínculo de sucesión con los apóstoles porque apareció 1500, 1600, 1700, 1800, 1900 o 2000 años después de la muerte de los apóstoles ES ABSOLUTAMENTE IMPOSIBLE QUE SEA LA IGLESIA DE CRISTO.

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Esas son las cuatro notas de la iglesia. Y a poco que se reflexione es muy fácil demostrar que SOLO LA IGLESIA CATÓLICA CUMPLE CABALMENTE CON ESAS CUATRO NOTAS.

Solo la iglesia católica es una, una fe, un bautismo, un credo, una liturgia, un papa en unión con sus obispos y presbíteros, sin cambios a lo largo de los siglos. Las sectas protestantes se han multiplicado al infinito con el paso del tiempo y cada día aparecen más y más sectas de garaje que se proclaman absurdamente ser la iglesia de Dios.

Solo la iglesia católica es santa, porque santo es su fundador, santos sus sacramentos, su liturgia, su doctrina y su moral. La prueba está en las innumerables vidas de santos que ha tenido a lo largo de los siglos, bastaría revisar la biografía de un san Francisco de Asís o una santa Teresa de Jesús.

Solo la iglesia católica es universal, ha atravesado todas las épocas y ha llevado su evangelización a todos los lugares del mundo. Las sectas protestantes son de ayer y están limitadas a ciertos países.

Solo la iglesia católica es apostólica, en efecto solo ella puede demostrar históricamente que desciende de forma directa de los apóstoles, mediante el rito de imposición de manos y la consiguiente transmisión de la autoridad y el sacerdocio. Transmisión que ha sido ininterrumpida en veinte siglos.

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La anterior es una revisión rápida del tema, pero el lector puede perfectamente dedicarle un tiempo a reflexionar sobre cada nota e ir viendo cómo efectivamente a las sectas protestantes les faltan esas notas esenciales y por tanto no pueden ni de lejos proclamarse iglesias cristianas.

Es un ejercicio interesante ir repasando una por una y ver la manera en que cada una de ellas se cumple en el catolicismo y falta en el protestantismo sectario.


Leonardo Rodríguez


sábado, 2 de septiembre de 2017

¿Funcionan las pruebas de la existencia de Dios?

En un nivel especulativo las pruebas clásicas de la existencia de Dios, por ejemplo las famosas cinco vías de Tomás de Aquino, funcionan a la perfeción, aun teniendo en cuenta los ataques de Hume y de Kant a los presupuestos filosóficos elementales de dichas pruebas, a saber, la doctrina de la causalidad, su validez global y trascendental. Dichos ataques han recibido cumplida respuesta de los intelectuales católicos de distintas épocas, contemporáneos incluidos, y no se pueden considerar hoy un obstáculo a la validez de dichas argumentaciones. A no ser que se desconozcan, como suele ocurrir, las respuestas que se han dado desde el campo católico a los epígonos de Hume y de Kant.

También cabe mencionar aquí el cientismo o cientificismo, entendido como doctrina pseudofilosófica según la cual solo las ciencias del tipo de la biología, la química y la física, alcanzan conocimientos verdaderos; o peor aún, que solo lo alcanzado en esas ciencias puede ser considerado verdadero. Este 'cientismo' ha sido puesto también por muchos como un obstáculo a la legitimidad de las pruebas de la existencia de Dios, en tanto que estas son de naturaleza filosófica, más especialmente metafísica, y en cuanto tales se alejarían del paradigma del "método científico", quedando por lo tanto vacías de toda significación para o contacto con el mundo real.

Este prejuicio cientista también ha recibido respuesta de parte de la intelectualidad católica, basta ver los escritos de un Edward Feser, por ejemplo, para ver de qué manera desde la filosofía clásica es posible desnudar las falencias del cientismo, haciendo ver cómo sus invectivas contra la "metafísica" no son en el fondo sino resultado de una pésima filosofía de la ciencia y una aún más pésima metafísica general.

De tal manera que, volviendo a la pregunta que encabeza este artículo, no se trata de que las pruebas de la existencia de Dios no funcionen, sino que más bien hay que decir que requieren un trabajo previo de "purificación", asumir la tarea de responder a las dificultades surgidas de los planteamientos de Hume y Kant en el terreno de la causalidad, y asumir igualmente la tarea de desnudar los prejuicios cientistas. 

Pero aún eso no es todo. Hecho lo anterior hay que comprometerse con un estudio juicioso de las bases filosóficas que hacen posible la comprensión de los argumentos implicados en la demostración como tal, puesto que la argumentación que concluye en la existencia de Dios es tal que se construye a modo de edificio con unos pisos apoyándose en los inmediatamente anteriores, y faltando estos todo se vendría abajo. De igual manera faltando la comprensión de los presupuestos de la demostración, la fuerza misma de la conclusión se vería comprometida y se estaría en la tentación de terminar creyendo que finalmente las pruebas no funcionan.

Por eso decimos aquí que se requiere un trabajo juicioso, tiempo y disciplina de lectura, reflexión y análisis. Solo así es posible llegar con seguridad a concluir que "por tanto... Dios existe".

Si muchos se quedan en el camino o llegan a una conclusión distinta, no es por falta de validez en los argumentos, sino o porque no lograron resolver con eficacia las objeciones contra la causalidad o aquellas provenientes del cientismo; o porque no asumieron el compromiso de realizar el camino completo, exigente y arduo, requerido para llegar a puerto.

Los humanos somos amigos de las soluciones rápidas, y muchas veces al no existir un camino fácil preferimos desistir o afirmar que no hay camino, ni puerto. Y culpamos de ello a los argumentos mismos, cuando en verdad nunca nos acercamos a ellos con la seriedad que reclaman. Las verdades filosóficas solo se abren para aquellos que saben esperar.

De manera que si estamos interesados en la demostración de la existencia de Dios, seamos conscientes de lo exigente que es, no busquemos soluciones rápidas, asumamos el reto. La recompensa es grande, la más grande.


Leonardo Rodríguez.


jueves, 31 de agosto de 2017

Érase una vez la educación...

Hubo un  tiempo en que se creía que la razón de ser de la educación era propender por la formación integral de las personas, es decir, se creía que educar no era ni sola ni principalmente un proceso de transmisión de conocimientos técnicos y especializados de las distintas ramas del saber (matemática, biología, literatura, geografía, ciencias sociales, etc.), sino que era ante todo un proceso encaminado a la formación de la persona en todas sus dimensiones, cognitiva, volitiva y emocional. Y lo anterior se conseguía principalmente por medio de la asimilación de comportamientos virtuosos que consolidaban en el carácter una armazón conductual que le garantizaba a la persona, en la medida en que ello es posible, una vida buena, útil socialmente, plena y de aspiraciones trascendentes.

Pero todo esto ya ha quedado muy atrás...

Hoy lo que vemos a nuestro alrededor como tendencia educativa cada vez más omnipresente es la implantación de un modelo "educativo" según el cual, en últimas, lo que importaría sería capacitar al educando en una serie de habilidades básicas de tipo académico (competencia numérica y competencia lectora y de escritura), con el fin de prepararlo directamente para exámenes en esas áreas que le garantizarían el ingreso a la educación universitaria, donde podrá escoger una profesión y estudiarla para luego ejercerla y de esa forma "garantizar su futuro".

Y no estamos diciendo aquí que los aspectos netamente académicos se descuidaban en el modelo clásico de la educación (entendiendo por tal el implantado en instituciones de origen y orientación católica), ya que como es fácilmente comprobable, dichas instituciones siempre sobresalieron por su nivel académico entre todas las existentes en cada país. Pero sí que ponían las cosas en su orden correcto y daban a lo académico el peso que le correspondía, para dar cabida a lo que consideraban lo esencial: la formación de la persona en la virtud.

¿Cuál es el resultado de que esto se haya dejado atrás? Creo que el resultado salta a la vista. Actualmente es cierto que las personas que egresan de los colegios y de las universidades tienen unos conocimientos notables (aunque no siempre) en las distintas ciencias y disciplinas que existen hoy, pero al mismo tiempo egresan con muchas falencias a nivel humano, a nivel humanista, es decir, precisamente el nivel que los antiguos consideraban el más importante. Y es que ciertamente a fin de cuentas poco importa si eres un gran conocedor de la química si al mismo tiempo como persona eres un problema para ti mismo y para quienes te rodean.

Un reflejo aún más dramático de esto que estamos diciendo es la corrupción brutal que ha copado la clase política de nuestros países. Los políticos parecen personas respetables hasta el momento en que se les hacen públicas sus corrupciones, excesos y deshonestidades. Esta corrupción se da en ellos al lado de muchos pergaminos académicos, muchos de ellos se han educado en las más prestigiosas universidades del mundo y exhiben títulos envidiables. Y aún con todo eso a nivel humano se quedaron analfabetas, y con el tiempo dicho analfabetismo se traduce en corrupción de mil tipos distintos.

Por lo tanto una cosa es la formación académica y otra distinta la formación humanista. Antes las dos iban de la mano, se les consideraba igualmente valiosas, con preferencia del lado humanista del procesos educativo. Incluso no era raro ver padres de familia que decían: prefiero un hijo honesto, aunque no saque las mejores notas en biología. Hoy estamos en un estado de cosas tal que no tarda en llegar el día en que muchos padres de familia reconozcan sin ruborizarse que prefieren un hijo adelantado en matemática que uno preocupado por "moralismos". Su 'instinto' de padres les dice que hoy vale más un 'vivo' que un 'mojigato'.

En ese orden de ideas no es extraño que a nuestro alrededor cada vez más se instale triunfante ese nuevo modelo educativo que reduce la educación a una especie de periodo de tiempo donde se les capacita en habilidades 'para el mundo laboral', al paso que la formación humana, en principios y virtudes, la formación humanista, etc., queda relegada al olvido. Un olvido que luego se traduce en tragedias individuales y sociales como resultado de la perversión de las costumbres.

A quienes de una u otra forma estamos en contacto con niños y adolescentes, nos cabe la responsabilidad de pugnar por que las ideas clásicas de la educación como proceso integral, no pierdan vigencia y permanezcan presentes iluminando la labor que con ellos se lleva a cabo. Porque me parece a mí que cuando esa luz se haya apagado por completo, no habrá forma (humana) de enderezar las familias y la sociedad, y lo que resultará será un caos tal de principios éticos que la convivencia será imposible y el Estado despótico será el único camino para controlar el hormiguero de voluntades desbocadas por la borrachera de los caprichos individuales.

¡Dios nos guarde!

Leonardo Rodríguez